Anna Göldi pasó a la historia como la última persona ejecutada en Europa acusada de brujería. Ocurrió en Glarus, Suiza, el 18 de junio de 1782, cuando la caza de brujas llevaba décadas desacreditada en buena parte del continente y la Ilustración dominaba el pensamiento europeo. Ese desfase entre la época y la sentencia es lo que convierte su caso en un episodio incómodo y célebre.
Quién fue Anna Göldi
Era una criada que trabajaba en casa de una familia acomodada de Glarus. La acusación que la llevó al cadalso sostenía que había provocado por medios sobrenaturales la enfermedad de una de las niñas de la casa, haciendo aparecer alfileres en la leche y en la comida de la pequeña.
El proceso siguió el guion clásico de estos juicios: interrogatorios prolongados, tortura y una confesión obtenida bajo esa presión, que después se retractó. La sentencia se ejecutó igualmente. Formalmente, el tribunal evitó emplear la palabra «brujería» en la condena —un detalle revelador de que ya resultaba embarazosa— y la condenó por envenenamiento, aunque el fondo del caso y su origen eran inequívocos.
Un juicio con motivaciones muy terrenales
Los historiadores que han estudiado el expediente coinciden en que el trasfondo del caso tenía poco de sobrenatural. Se ha señalado el interés del cabeza de familia por silenciar un asunto personal comprometedor y la vulnerabilidad absoluta de una mujer sin recursos, sin familia influyente y sin ninguna posibilidad de defenderse en un tribunal local.
Es un patrón que se repite en la mayoría de los procesos por brujería: conflictos vecinales, deudas, rivalidades o venganzas que encontraban en la acusación mágica un instrumento legal devastador y difícil de rebatir. Demostrar que uno no es brujo era, por definición, imposible.
El contexto: el final de una larga pesadilla
La caza de brujas europea se extendió sobre todo entre los siglos XV y XVII y dejó decenas de miles de ejecuciones, en su gran mayoría de mujeres. A lo largo del siglo XVIII, los tribunales fueron abandonando estos procesos: la prueba resultaba insostenible, la tortura empezaba a cuestionarse y las explicaciones naturales ganaban terreno frente a las sobrenaturales.
Que en 1782 todavía se ejecutara a alguien por este motivo escandalizó ya a los contemporáneos. Varios intelectuales de la época denunciaron el caso con dureza, y se considera que fue uno de los primeros procesos judiciales que generó indignación pública internacional, algo parecido a lo que hoy llamaríamos un escándalo mediático.
- La condena llegó cuando la brujería ya no se castigaba en la mayoría de los Estados europeos.
- El tribunal maquilló la acusación para evitar el término que la delataba.
- El eco del caso contribuyó a acelerar reformas judiciales en la región.
Justicia con dos siglos de retraso
La historia tuvo un epílogo tardío. Ya entrado el siglo XXI, las autoridades del cantón de Glarus revisaron el caso y declararon que el proceso había sido un error judicial, rehabilitando oficialmente a Anna Göldi. Hoy existe un museo dedicado a su figura en la región, y su nombre se ha convertido en símbolo de las víctimas de los juicios por brujería.
Esa rehabilitación no repara nada, pero sí ilustra un cambio profundo: la idea de que una sentencia firme puede ser revisada y anulada siglos después es una conquista relativamente reciente de los sistemas legales modernos.
Cuando la ley se apoya en la superstición
El caso Göldi pertenece a una larga tradición de decisiones institucionales tomadas sobre bases que hoy resultan inverosímiles. La Iglesia y los tribunales europeos actuaron durante siglos convencidos de que fenómenos naturales o azarosos respondían a causas ocultas.
Hay ejemplos notables de esa mentalidad, como aquel episodio en el que un cometa llegó a ser objeto de anatema papal, tratado como un presagio hostil en lugar de como el fenómeno astronómico que era. Y otros procesos célebres muestran hasta qué punto el poder podía ensañarse con quienes caían en desgracia, como ocurrió con la reina inglesa que ensayó su propia decapitación la noche anterior a su ejecución.
Por qué seguimos recordando este caso
Anna Göldi no fue la primera ni la que sufrió el proceso más cruel. La recordamos porque fue la última, y porque su condena ocurrió en el momento exacto en que Europa presumía de haber superado ese tipo de creencias. Su muerte marca el límite entre dos mundos.
El miedo irracional, sin embargo, no desapareció con ella: siguió transformándose en supersticiones más inofensivas pero igual de persistentes, como las que rodean a el viernes 13 y su mala fama. La diferencia es que hoy esas creencias ya no tienen tribunales a su disposición.
Datos para recordar
Anna Göldi fue ejecutada en Glarus, Suiza, el 18 de junio de 1782, y se la considera la última persona ajusticiada en Europa por acusaciones de brujería. Su caso cierra oficialmente una de las etapas más oscuras de la historia judicial del continente y sigue sirviendo como advertencia sobre lo que ocurre cuando la creencia sustituye a la prueba.
El año correcto es 1782 y no 1872, me parecía demasiado reciente esa fecha.