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Enfermedades no transmisibles

Cada año mueren alrededor de 56 millones de personas en todo el mundo, y de ellas unos 35 millones fallecen por enfermedades no transmisibles. Es decir, aproximadamente seis…

Cada año mueren alrededor de 56 millones de personas en todo el mundo, y de ellas unos 35 millones fallecen por enfermedades no transmisibles. Es decir, aproximadamente seis de cada diez muertes del planeta no las causa ningún germen: las provocan dolencias que no se contagian, como las cardiovasculares, el cáncer, la diabetes o las enfermedades respiratorias crónicas.

Qué es una enfermedad no transmisible

Una enfermedad no transmisible es aquella que no se propaga de persona a persona. No hay virus, bacteria ni parásito que se pueda contagiar en el autobús. Son procesos de desarrollo lento, con años o décadas de evolución silenciosa antes de dar la cara.

Cuatro grandes grupos concentran la mayor parte de estas muertes:

  • Enfermedades cardiovasculares: infartos e ictus, el grupo más numeroso con diferencia.
  • Cánceres de todos los tipos.
  • Enfermedades respiratorias crónicas, como la EPOC y el asma grave.
  • Diabetes, especialmente la de tipo 2.

Un cambio histórico en cómo morimos

Esta proporción habría resultado impensable hace poco más de un siglo. Durante casi toda la historia de la humanidad, las principales causas de muerte fueron infecciosas: tuberculosis, neumonía, diarreas, viruela, peste. Morían sobre todo niños y jóvenes.

Lo que cambió el panorama fue una combinación de agua potable, saneamiento, vacunas y antibióticos. Al desaparecer buena parte de las muertes tempranas, la esperanza de vida se disparó y la población llegó a edades en las que aparecen las dolencias crónicas. En cierto sentido, el predominio de las enfermedades no transmisibles es la factura de un éxito sanitario.

No es solo una cuestión de países ricos

Existe la idea extendida de que estas enfermedades son un problema de sociedades opulentas. Los datos dicen lo contrario: la mayoría de estas muertes se producen en países de renta baja y media, donde además ocurren a edades más tempranas y con peor acceso a diagnóstico y tratamiento continuado.

Los factores de riesgo compartidos

Lo más relevante de este grupo de enfermedades es que comparten un puñado de causas modificables. No son dolencias del azar:

  • Tabaco. Vinculado a cáncer, enfermedad cardiovascular y respiratoria a la vez.
  • Alimentación inadecuada. Exceso de sal, azúcar y grasas de mala calidad; déficit de frutas, verduras y fibra.
  • Inactividad física. El sedentarismo prolongado actúa como factor independiente.
  • Consumo nocivo de alcohol. Presente en el origen de cirrosis, varios cánceres y accidentes.
  • Contaminación del aire, tanto exterior como doméstica.

La magnitud del daño acumulado por algunos de estos hábitos es enorme, como reflejan las cifras de muertes atribuidas al alcoholismo en todo el mundo.

El peligro de lo que no duele

La característica más traicionera de estas enfermedades es su silencio. La hipertensión no produce síntomas hasta que causa un daño serio; el colesterol elevado tampoco. Una persona puede pasar veinte años acumulando placas en las arterias sin notar absolutamente nada.

El ejemplo clásico es la obstrucción progresiva de las arterias del cuello, que puede desembocar en un accidente cerebrovascular sin aviso previo. El caso del colesterol alto y el riesgo de derrame cerebral por la arteria carótida ilustra por qué los controles periódicos importan tanto: se trata de detectar lo que no se siente.

Prevención: la intervención más rentable

La buena noticia es que una parte sustancial de estas muertes se considera prevenible. Y no hace falta nada extraordinario: no fumar, mantener actividad física regular, controlar la presión arterial, moderar el alcohol y cuidar la dieta modifican de forma significativa el riesgo individual.

En el terreno alimentario existe además evidencia bastante consistente sobre qué ayuda. Hay pautas concretas y alimentos que contribuyen a reducir la presión arterial alta, uno de los factores de riesgo cardiovascular con mayor peso poblacional.

Conviene, eso sí, desconfiar de los titulares alarmistas y de las comparaciones fáciles. Afirmaciones muy difundidas, como la de que comer yemas de huevo es tan dañino como fumar, muestran hasta qué punto el mensaje sobre salud puede distorsionarse al simplificarse.

Datos relacionados

  • Las enfermedades cardiovasculares encabezan la mortalidad mundial desde hace décadas.
  • Una proporción considerable de estas muertes ocurre antes de los 70 años, es decir, de forma prematura.
  • El mismo factor de riesgo suele contribuir a varias enfermedades distintas a la vez.
  • Las medidas poblacionales (impuestos al tabaco, reducción de sal en alimentos procesados, calidad del aire) tienen más impacto que las decisiones individuales aisladas.

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