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El conocimiento

El conocimiento está creciendo tan rápido que el 85% de lo que sepamos dentro de 50 años habrá sido descubierto durante esos 50 años. Dicho de otro modo:…

El conocimiento está creciendo tan rápido que el 85% de lo que sepamos dentro de 50 años habrá sido descubierto durante esos 50 años. Dicho de otro modo: todo lo que la humanidad ha aprendido desde que empezó a escribir hasta hoy quedaría reducido a una fracción minoritaria del saber disponible a mediados de siglo.

Qué significa realmente esa cifra

Conviene entender el dato como una forma de expresar una tasa de crecimiento, no como una medición literal. Nadie puede contar «unidades de conocimiento» del mismo modo que se cuentan litros o kilómetros. Lo que sí puede medirse son indicadores que funcionan como aproximación razonable: artículos científicos publicados, patentes registradas, bases de datos generadas o resultados experimentales documentados.

Y todos esos indicadores apuntan en la misma dirección. El número de publicaciones científicas anuales se ha multiplicado enormemente en las últimas décadas, hasta el punto de que hoy se publican más trabajos en un año que en siglos enteros de historia previa.

Crecimiento exponencial, no lineal

La clave para entender el 85% está en la forma de la curva. Si el conocimiento creciera de forma lineal, cada década aportaría aproximadamente lo mismo. Pero crece de manera exponencial, porque cada descubrimiento abre la puerta a varios descubrimientos nuevos.

Un instrumento mejor permite observaciones imposibles hasta entonces; esas observaciones generan preguntas; esas preguntas producen métodos; esos métodos habilitan campos completos que antes no existían. La genómica, la ciencia de materiales o la neurociencia moderna no podrían existir sin herramientas desarrolladas poco antes.

En una curva así, la mayor parte del total acumulado siempre corresponde al periodo más reciente. De ahí que porcentajes como el 85% resulten matemáticamente esperables aunque suenen exagerados.

Qué ha acelerado el proceso

  • Más investigadores. Se estima que una proporción altísima de todos los científicos que han existido está viva actualmente.
  • Instrumentos más potentes. Secuenciadores, telescopios, aceleradores y microscopios generan datos a un ritmo que hace décadas era inconcebible.
  • Colaboración global. Un equipo puede trabajar simultáneamente desde cuatro continentes sobre el mismo conjunto de datos.
  • Difusión instantánea. Un resultado publicado hoy está disponible en cualquier parte del mundo en cuestión de minutos, no de años.
  • Capacidad de cálculo. Buena parte de la ciencia actual sería imposible sin simulaciones y procesamiento masivo de datos.

Ese último punto resulta especialmente ilustrativo cuando se compara con el pasado reciente. Basta recordar que un teléfono móvil corriente supera con muchísima holgura la capacidad de cálculo de las computadoras que llevaron el Apolo 11 a la Luna. La herramienta que hoy usamos para mirar fotos habría sido, hace medio siglo, la más poderosa del planeta.

El problema que nadie previó: el exceso

Durante la mayor parte de la historia, el cuello de botella fue el acceso. Conseguir un libro era caro y difícil, y las grandes bibliotecas eran instituciones de poder precisamente por eso. Ese problema está en buena medida resuelto: la mayor parte del conocimiento publicado está a un clic de distancia, y las bibliotecas más grandes del mundo han pasado de ser depósitos exclusivos a puertas de entrada a catálogos digitales.

El cuello de botella actual es otro: la atención y la capacidad de filtrar. Ningún especialista puede leer todo lo que se publica en su propio campo, y mucho menos en los campos adyacentes de los que depende su trabajo. La consecuencia es una hiperespecialización creciente y un riesgo real de que hallazgos importantes queden sepultados por el volumen.

Cantidad no siempre es calidad

El crecimiento también arrastra ruido. Una parte del aumento de publicaciones responde a incentivos académicos que premian el número de artículos, no su relevancia. A ello se suman los problemas de reproducibilidad detectados en varias disciplinas, donde resultados publicados no logran replicarse. Más volumen de información no equivale automáticamente a más conocimiento sólido.

Lo que esto exige de las personas

Si la mayor parte de lo que se sabrá aún no se sabe, la habilidad más valiosa deja de ser acumular datos y pasa a ser aprender continuamente. Una carrera profesional de cuarenta años atravesará varias revoluciones técnicas completas, y lo aprendido al principio quedará obsoleto mucho antes del final.

Afortunadamente, el cerebro está preparado para eso. Su plasticidad se mantiene toda la vida y su velocidad de incorporación de información nueva es notable: se ha observado que basta un intervalo muy breve para que el cerebro integre una palabra nueva en su repertorio habitual. Lo que cambia con la edad no es la capacidad de aprender, sino la costumbre de hacerlo.

Una perspectiva de escala

Vale la pena situar todo esto en su marco temporal. Si se comprime la historia completa del planeta en un solo minuto, la ciencia moderna ocuparía un instante imperceptible al final. Todo este crecimiento vertiginoso ocurre en un parpadeo geológico.

Conclusión

El dato del 85% no describe tanto el futuro del conocimiento como la naturaleza de su crecimiento: cada avance multiplica las posibilidades del siguiente. La consecuencia práctica es incómoda y estimulante a partes iguales. Lo que hoy consideramos saber establecido será, dentro de cincuenta años, la parte pequeña de la historia.

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