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Los Hongos

Un hongo produce poco más de 40 millones de esporas en solo una hora. La cifra cuesta de asimilar hasta que uno entiende para qué sirven: las esporas…

Un hongo produce poco más de 40 millones de esporas en solo una hora. La cifra cuesta de asimilar hasta que uno entiende para qué sirven: las esporas son la apuesta reproductiva de los hongos, y su estrategia consiste precisamente en jugar con números astronómicos para que unas pocas, muy pocas, lleguen a buen puerto.

Qué es exactamente una espora

Una espora es una unidad microscópica capaz de originar un nuevo organismo sin necesidad de fusionarse con otra célula. En los hongos cumple un papel comparable al de una semilla en las plantas, pero con diferencias importantes: es mucho más pequeña, no lleva reservas de alimento apreciables y no contiene un embrión ya formado.

Su tamaño se mide en micras, lo que la hace lo bastante ligera como para flotar en el aire durante horas o días. Esa levedad es el motivo de que un hongo pueda permitirse fabricar millones sin gastar demasiada energía en cada una.

Dónde se fabrican

Aquí conviene deshacer un malentendido frecuente: la seta que vemos no es el hongo, es su órgano reproductor. El organismo propiamente dicho es el micelio, una red de filamentos finísimos llamados hifas que se extiende bajo el suelo, dentro de la madera o en el interior del sustrato que coloniza.

Cuando las condiciones de humedad y temperatura son adecuadas, el micelio invierte recursos en levantar un cuerpo fructífero. En el caso de las setas clásicas, bajo el sombrero hay láminas, poros o dientes cuya única función es multiplicar la superficie disponible para generar y liberar esporas.

Por qué hacen falta tantas

La respuesta es la probabilidad. Una espora necesita una combinación de circunstancias muy improbable para prosperar:

  • Aterrizar en un sustrato adecuado, que puede ser madera de una especie concreta, estiércol, hojarasca o la raíz de un árbol compatible.
  • Encontrar la humedad y la temperatura necesarias para germinar.
  • No ser devorada por bacterias, insectos u otros hongos antes de instalarse.
  • En muchas especies, encontrarse con otra hifa compatible para completar el ciclo sexual.

Con tantos filtros, la tasa de éxito es ínfima. La estrategia de fabricar decenas de millones por hora no es exceso: es el mínimo necesario para que el linaje continúe. Es la misma lógica que siguen muchos organismos marinos que liberan millones de huevos al agua.

Mecanismos de dispersión que parecen ingeniería

Los hongos no se limitan a soltar las esporas y confiar en el viento. Han desarrollado sistemas de lanzamiento sorprendentes.

Muchos basidiomicetos usan un mecanismo llamado balistosporia: acumulan una gota de líquido en la base de la espora hasta que la tensión superficial la dispara con una aceleración enorme, suficiente para escapar de la capa de aire inmóvil que rodea la lámina. Otros, como los bejines, esperan a que una gota de lluvia o una pisada comprima el cuerpo fructífero para expulsar una nube visible de polvo pardo.

Hay incluso especies que fabrican olores repugnantes para atraer moscas, que se llevan las esporas pegadas a las patas. La variedad de soluciones es enorme, y todas persiguen el mismo objetivo: alejar la descendencia del lugar donde ya vive el progenitor.

El reino que sostiene los ecosistemas

Los hongos no son plantas ni animales: forman un reino propio, genéticamente más cercano a nosotros que a los vegetales. Su papel ecológico es difícil de exagerar, porque son los principales descomponedores de materia orgánica del planeta. Sin ellos, la madera muerta se acumularía sin reciclar y los nutrientes quedarían bloqueados.

Muchos, además, viven asociados a las raíces de los árboles formando micorrizas, un intercambio en el que el hongo aporta agua y minerales y recibe azúcares a cambio. Buena parte de los bosques del mundo depende de esa alianza invisible.

Su capacidad de crecimiento indefinido da lugar a récords difíciles de creer, como los hongos del género Armillaria, considerados entre los organismos vivos más grandes del planeta, con micelios que se extienden por kilómetros cuadrados de bosque.

Hongos, fermentación y cocina

La relación entre hongos y alimentación es antiquísima. Las levaduras, que también son hongos, hacen posible el pan, el vino y la cerveza. Los mohos nobles intervienen en quesos azules y en embutidos curados, y en general en buena parte de los procesos de maduración que transforman un alimento fresco en otro completamente distinto.

El mundo de la fermentación está lleno de fenómenos parecidos protagonizados por microorganismos. Un caso clásico es el de los agujeros del queso, producidos por gases durante la maduración, donde el resultado visible depende por completo de qué microbios trabajan dentro de la pasta.

La cara invisible del aire que respiras

Con semejantes tasas de producción, el aire que te rodea contiene esporas fúngicas en todo momento. En su mayoría son inofensivas y pasan desapercibidas, aunque algunas personas desarrollan alergias estacionales asociadas precisamente a ciertos hongos.

Esta presencia constante de organismos microscópicos que sostienen procesos globales recuerda a otros protagonistas silenciosos del planeta, como la diminuta bacteria marina responsable de una parte enorme del oxígeno que respiramos. Lo pequeño, cuando se cuenta por millones, mueve el mundo.

Datos relacionados

  • Se estima que existen millones de especies de hongos y que solo una fracción mínima ha sido descrita.
  • La huella de esporas depositada sobre papel es una herramienta clásica para identificar setas.
  • Algunas esporas sobreviven años en condiciones adversas hasta que aparece la humedad adecuada.

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