Los antiguos egipcios desarrollaron un tratamiento sorprendentemente acertado para ciertos males oculares: usaban jugo de hígado para combatir afecciones como la ceguera nocturna. Lo notable es que acertaron sin saber por qué. El hígado es una de las fuentes más concentradas de vitamina A, exactamente el nutriente cuya carencia provoca ese trastorno.
Qué es la ceguera nocturna
La ceguera nocturna, o nictalopía, no es una pérdida total de visión. Quien la padece ve con normalidad a plena luz, pero tiene serias dificultades para adaptarse a la penumbra y para moverse de noche. El paso de una habitación iluminada a un espacio oscuro deja a la persona prácticamente ciega durante mucho más tiempo de lo normal.
La causa está en la retina. Los bastones, las células fotorreceptoras responsables de la visión en condiciones de poca luz, necesitan un pigmento llamado rodopsina para funcionar. Y para fabricar rodopsina hace falta retinal, un derivado directo de la vitamina A. Sin ese suministro, los bastones dejan de responder y la visión nocturna se apaga.
El poder de la vitamina A
El hígado es el órgano donde los animales almacenan la vitamina A, así que consumirlo equivale a tomar el nutriente en su forma más concentrada y más biodisponible. El remedio egipcio, por tanto, no era superstición: era terapia nutricional efectiva, aplicada casi tres mil años antes de que se identificara la vitamina.
Otras fuentes ricas en esta vitamina o en sus precursores son:
- Hígado de ternera, cordero o pollo: con diferencia, la fuente más concentrada.
- Aceite de hígado de pescado: el clásico remedio del que hablaban las abuelas.
- Yema de huevo y lácteos enteros: aportes moderados pero regulares.
- Vegetales anaranjados y verdes oscuros: zanahoria, calabaza, espinaca y batata contienen betacarotenos, que el cuerpo transforma en vitamina A.
Conviene un aviso: con la vitamina A, más no es mejor. Al ser liposoluble, se acumula en el organismo, y el exceso sostenido resulta tóxico. La versión vegetal en forma de carotenos es mucho más segura, porque el cuerpo regula cuánta convierte.
La medicina egipcia, entre el ritual y la observación
El caso del hígado no fue una casualidad aislada. Los papiros médicos conservados muestran un cuerpo de conocimiento sistemático, con descripciones de síntomas, tratamientos y pronósticos. Junto a fórmulas mágicas y conjuros aparecen recetas basadas en la observación repetida de lo que funcionaba.
Los egipcios prestaban especial atención a los ojos. Vivían en un entorno de sol intenso, polvo y arena, con abundancia de infecciones oculares como el tracoma. No es extraño que desarrollaran una especialidad práctica en el tema. Incluso el maquillaje tenía función médica: los compuestos de plomo del kohl, además de decorar, se han relacionado con un efecto protector frente a ciertas infecciones y con la reducción del deslumbramiento.
Otras tradiciones médicas antiguas
Egipto no estaba solo. En Mesopotamia existía una práctica médica igualmente desarrollada y con normas estrictas sobre honorarios y responsabilidad profesional, como se aprecia en lo que sabemos de los médicos de la antigua Babilonia. Algunos de sus tratamientos resultan hoy pintorescos, como demuestra la famosa receta babilónica contra la locura, pero conviven con observaciones clínicas notablemente finas.
Un problema que sigue vigente
Aunque suene a historia antigua, la carencia de vitamina A continúa siendo un problema de salud pública en varias regiones del mundo. Es una de las principales causas prevenibles de ceguera infantil y también debilita el sistema inmunitario, aumentando la gravedad de infecciones comunes.
Los programas de suplementación y de fortificación de alimentos han reducido mucho la incidencia, pero el mecanismo biológico es el mismo que enfrentaban los egipcios: sin vitamina A, la retina deja de funcionar en la oscuridad.
Lo que hace el ojo en la penumbra
La adaptación a la oscuridad es un proceso lento y fascinante. Al entrar en un lugar sin luz, la pupila se dilata en segundos, pero la regeneración completa del pigmento visual tarda bastantes minutos. Por eso al cabo de un rato en la oscuridad se distinguen cosas que al principio eran invisibles.
En esa transición se pierde también la percepción del color, porque los conos, responsables de distinguir el millón de colores que el ojo humano es capaz de diferenciar, necesitan mucha más luz para activarse. Todo ese trabajo lo sostiene además una musculatura sorprendentemente activa: los músculos de los ojos están entre los que más veces se mueven a lo largo del día.
Conclusión
El jugo de hígado contra la ceguera nocturna es uno de esos remedios antiguos que la ciencia moderna terminó confirmando. Los egipcios no conocían las vitaminas ni la rodopsina, pero observaron con paciencia, repitieron lo que funcionaba y transmitieron el conocimiento. A veces la medicina empírica, sin teoría detrás, acierta de pleno.