La historia de la medicina tiene capítulos que hoy resultan escalofriantes. Uno de ellos llega desde Mesopotamia: para acabar con el problema de raíz, a los locos los médicos babilonios recetaban la hoguera o ser enterrados vivos. No era un castigo judicial, sino una prescripción médica, lo cual dice mucho sobre cómo se entendía entonces la enfermedad mental.
Cuando la locura era cosa de demonios
Para entender semejante «tratamiento» hay que abandonar la idea moderna de enfermedad. En Babilonia, el cuerpo y el alma no se separaban de la esfera religiosa. Un comportamiento extraño, unas voces que nadie más oía o una crisis convulsiva no se interpretaban como un problema del organismo, sino como la presencia de un espíritu ajeno.
Bajo esa lógica, el enfermo no estaba enfermo: estaba ocupado por otra entidad. Y si el objetivo era expulsar o destruir a esa entidad, el bienestar del cuerpo que la alojaba pasaba a segundo plano. De ahí que se llegara a considerar aceptable eliminar al poseído para eliminar al posesor.
Dos oficios distintos
La medicina mesopotámica funcionaba con dos figuras complementarias. Por un lado estaba el sanador que aplicaba remedios materiales: plantas, aceites, vendajes, dietas. Por otro, el especialista en diagnósticos de origen sobrenatural, encargado de identificar qué divinidad o espíritu había causado el mal y qué ritual podía apaciguarlo.
Los trastornos mentales caían casi siempre del lado del segundo. Por eso su «tratamiento» incluía conjuros, ofrendas, amuletos y, en los casos considerados irrecuperables, medidas extremas.
Una medicina con luces y sombras
Sería injusto quedarse solo con este episodio. La medicina babilónica fue en muchos aspectos notablemente avanzada para su tiempo. Conservamos tablillas con listas sistemáticas de síntomas, descripciones clínicas cuidadosas y recetas detalladas con proporciones concretas de ingredientes.
Sus practicantes sabían tratar heridas, reducir fracturas y emplear sustancias vegetales con efectos reales. Incluso existía una regulación profesional con honorarios fijados y sanciones, algo que puede comprobarse al revisar cómo trabajaban los médicos de la antigua Babilonia y los riesgos que corrían si un paciente importante moría bajo su cuidado.
El problema no era la falta de rigor, sino el marco conceptual. Observaban bien y registraban mejor, pero interpretaban todo a través de una cosmovisión donde los dioses intervenían en cada dolencia.
No fue un caso aislado
La idea de que la locura procede de fuerzas externas atravesó milenios y culturas. Sus consecuencias fueron parecidas casi en todas partes:
- En la Europa medieval y moderna, muchas personas con trastornos mentales fueron acusadas de brujería o posesión.
- Durante siglos se practicó la trepanación, abrir un agujero en el cráneo, entre otras cosas para «dejar salir» aquello que perturbaba a la persona.
- El encierro sustituyó a la ejecución, pero durante mucho tiempo se ejerció en condiciones atroces, sin tratamiento alguno.
- Hasta épocas muy recientes se aplicaron procedimientos irreversibles que hoy se consideran errores graves de la medicina.
Los procesos por brujería son quizá el eco más directo de esta mentalidad. El caso de la última mujer ejecutada por brujería en Europa muestra hasta qué punto se mantuvo viva la idea de que lo inexplicable exigía eliminar a la persona.
El giro que lo cambió todo
El cambio decisivo llegó cuando se empezó a considerar la mente como parte del cuerpo y, por tanto, sujeta a enfermedad, lesión y tratamiento. Ese desplazamiento conceptual es relativamente moderno: apenas unos siglos frente a los milenios anteriores.
A partir de ahí, la locura dejó de ser una culpa o una posesión para convertirse en un objeto de estudio. Aparecieron la observación sistemática, las clasificaciones diagnósticas y, más tarde, tratamientos farmacológicos y psicoterapéuticos con eficacia comprobable.
La transición no fue limpia ni rápida. Durante mucho tiempo convivieron enfoques científicos con prácticas heredadas de la tradición, igual que ocurría con el uso masivo de sanguijuelas en el siglo XIX, tan extendido que estuvo a punto de extinguir a esos animales.
Lo que este dato nos enseña
La receta babilónica para la locura funciona como advertencia. No porque aquellos médicos fueran crueles por naturaleza, sino porque actuaban con coherencia dentro de un marco de ideas equivocado. Cuando el marco falla, incluso la observación cuidadosa conduce a conclusiones terribles.
Es un recordatorio útil también para el presente: buena parte del progreso médico no consiste en descubrir nuevos remedios, sino en corregir la forma de entender lo que se observa. Otras culturas antiguas llegaron a soluciones muy distintas partiendo de los mismos síntomas, como demuestran los tratamientos que los antiguos egipcios aplicaban a los males oculares, algunos de ellos sorprendentemente razonables.
Entre la hoguera y la consulta actual median casi cuatro mil años. No es tanto tiempo como parece.