La marca estadounidense de ropa interior Jockey fue la primera en organizar un desfile con modelos en ropa interior, en 1935. Aquel año, presentar prendas íntimas sobre personas de carne y hueso, delante de un público, era algo tan atrevido que rozaba el escándalo. Hoy es un formato tan normalizado que resulta difícil imaginar el revuelo que causó.
Por qué 1935 fue el año clave
La fecha no es casual. Jockey acababa de lanzar un diseño que cambió la ropa interior masculina: el calzoncillo ajustado con soporte, inspirado en las prendas que usaban los nadadores. Hasta entonces predominaban los calzoncillos largos y holgados, herencia directa de la ropa interior del siglo XIX.
Presentar una prenda tan distinta exigía enseñarla puesta. Un catálogo ilustrado no bastaba para explicar la diferencia de corte y de ajuste, así que la marca dio el salto lógico y el escándalo estaba servido: ver a alguien caminar en ropa interior ante un público en plena década de 1930 chocaba frontalmente con el pudor de la época.
Un contexto de censura
Conviene recordar el ambiente. En esos mismos años, el cine estadounidense vivía bajo un código de autocensura que regulaba con detalle la longitud de los besos y la ropa de las actrices. Los trajes de baño cubrían muslo y espalda. En ese marco, un desfile de ropa interior era una provocación calculada, y la publicidad que generó valía más que cualquier anuncio pagado.
Del escándalo a la maquinaria comercial
El desfile de 1935 inauguró una fórmula que la industria de la moda no ha abandonado. La lógica es simple: la ropa interior es un producto difícil de diferenciar en un escaparate, porque todas las prendas se parecen una vez dobladas. Sobre un cuerpo en movimiento, en cambio, se aprecian el corte, la caída del tejido y el ajuste.
- Demostración de producto: el desfile funciona como prueba visual de que la prenda hace lo que promete.
- Cobertura mediática gratuita: lo transgresor se comenta, y comentar es publicidad.
- Construcción de marca: asociar una prenda íntima a un ideal estético convierte un producto básico en objeto de deseo.
Décadas después, las grandes marcas de lencería llevaron esa fórmula al extremo con desfiles televisados y millones de espectadores. Todos descienden, en línea recta, de aquella idea de 1935.
Una década que redefinió el pudor
El desfile de Jockey forma parte de una transformación más amplia en la forma de vestir y de mostrar el cuerpo que atravesó el siglo XX. Otro hito llegó una década más tarde, cuando se presentó la prenda de baño que rompería definitivamente los límites de lo aceptable: aquel 5 de julio en que nació el bikini provocó tal rechazo que ninguna modelo profesional quiso lucirlo en su presentación.
La publicación impresa siguió el mismo camino. La aparición de revistas para adultos de circulación masiva, empezando por la primera edición de la revista Playboy, terminó de normalizar en los quioscos imágenes que veinte años antes habrían sido impensables.
La ropa interior como invento técnico
Hay un detalle que suele pasarse por alto: la ropa interior moderna es, ante todo, un producto de ingeniería textil. Elásticos, costuras planas, tejidos que absorben la humedad y patrones ajustados al movimiento son desarrollos relativamente recientes.
Y como toda prenda técnica, tiene su propio historial de fallos memorables, desde costuras que ceden en el peor momento hasta cierres traicioneros. El anecdotario de los accidentes con el pantalón demuestra que, por mucho que avance el diseño, la ropa siempre encuentra la manera de dejarnos en evidencia.
Conclusión
El desfile de Jockey en 1935 no fue solo una anécdota publicitaria: fue el momento en que la ropa interior dejó de ser un asunto estrictamente privado para convertirse en un producto de marca, con imagen, campaña y aspiración. Noventa años después, cada desfile de lencería repite sin saberlo aquel gesto pionero.