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En Estados Unidos circulan aproximadamente dos tarjetas de crédito por cada dos personas. Dicho de otro modo: hay tantas tarjetas como habitantes, una media de una por cabeza…

En Estados Unidos circulan aproximadamente dos tarjetas de crédito por cada dos personas. Dicho de otro modo: hay tantas tarjetas como habitantes, una media de una por cabeza contando bebés, adolescentes y ancianos. Como no todo el mundo tiene una, en la práctica los adultos con crédito suelen llevar varias en la cartera al mismo tiempo.

Qué significa realmente esa proporción

La cifra es un promedio, y los promedios esconden mucha diversidad. Una buena parte de la población estadounidense no tiene ninguna tarjeta de crédito: menores de edad, personas sin historial crediticio, inmigrantes recién llegados o quienes deliberadamente prefieren pagar solo con efectivo o débito. Para que la media se mantenga en torno a una tarjeta por habitante, quienes sí acceden al crédito tienen que compensar con varias.

Ese es exactamente el patrón habitual: un consumidor estadounidense con buen historial suele acumular una tarjeta de su banco principal, otra de una gran cadena comercial, una de gasolinera y quizá una asociada a una aerolínea o a un programa de puntos.

Por qué se multiplicaron las tarjetas

El crédito al consumo con plástico se popularizó en Estados Unidos a mediados del siglo XX, cuando los bancos descubrieron que enviar tarjetas a clientes preseleccionados era una forma rápida de ganar cuota de mercado. A partir de ahí, varios factores empujaron la expansión:

  • Los programas de recompensas. Millas aéreas, devolución de un porcentaje del gasto o puntos canjeables convirtieron en racional tener distintas tarjetas para distintas categorías de compra.
  • Las tarjetas de tienda. Grandes almacenes y cadenas ofrecen descuentos inmediatos a cambio de abrir una línea de crédito en caja.
  • El historial crediticio. En Estados Unidos la puntuación de crédito condiciona el alquiler de una vivienda, el seguro del coche e incluso algunos procesos de contratación. Mantener varias líneas abiertas y bien pagadas mejora esa puntuación.
  • La infraestructura de pagos. Desde hace décadas casi cualquier comercio acepta tarjeta, lo que redujo la dependencia del efectivo mucho antes que en otros países.

El crédito como identidad financiera

En buena parte del mundo la tarjeta es solo un medio de pago. En Estados Unidos es, además, un expediente. Alguien que nunca ha pedido crédito no es visto como un cliente prudente, sino como un desconocido para el sistema, y eso encarece cualquier préstamo futuro. Esa lógica explica por qué muchas familias abren una tarjeta en cuanto sus hijos entran en la universidad.

La otra cara: deuda e intereses

Tener muchas tarjetas no equivale a tener más dinero. Si el saldo no se liquida cada mes, los intereses de las tarjetas de crédito están entre los más altos del mercado de consumo, muy por encima de una hipoteca o de un préstamo personal. El modelo de negocio de las emisoras se apoya precisamente en quienes arrastran saldo de un mes a otro.

De ahí que los educadores financieros insistan en dos reglas simples: usar la tarjeta solo para gastos que se podrían pagar igualmente con el dinero disponible y liquidar el total antes del cierre del periodo, no el mínimo. El mínimo mantiene la cuenta al día, pero alarga la deuda durante años.

Un espejo del consumo estadounidense

Este dato encaja con otros hábitos de consumo bien documentados del país, como las enormes cantidades de dulces que se consumen allí cada año. Y como el efectivo sigue circulando en paralelo, también dejó una curiosidad incómoda: se ha comprobado que la mayoría de los billetes estadounidenses conservan restos microscópicos de cocaína, prueba de cuántas manos y cuántos usos pasa un mismo papel.

Visto con perspectiva histórica, el plástico es solo el último capítulo de una larga búsqueda de formas prácticas de pagar. Algunas fueron mucho más pintorescas: en la isla de Yap todavía se recuerda el sistema en el que enormes discos de piedra funcionaban como moneda local, tan pesados que ni siquiera hacía falta moverlos para cambiar de dueño.

Datos relacionados

  • La media de una tarjeta por habitante se sostiene porque los usuarios activos concentran varias líneas de crédito.
  • Las tarjetas de tienda suelen tener intereses más altos que las bancarias generalistas.
  • Cerrar tarjetas antiguas puede empeorar la puntuación crediticia, porque reduce la antigüedad media del historial.
  • El pago mínimo está diseñado para prolongar la deuda, no para eliminarla.

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